Los amigos de Maduro al rescate

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Hace mucho que la comunidad financiera internacional y los gobiernos de Oriente y Occidente sabían que el default de la deuda externa de Venezuela no era un asunto de si acaso iba a suceder o no, sino de cuándo iba a suceder.

Con esa sensación de inevitabilidad, la mayoría de los actores de esta trama ya se habían aclimatado a la idea de que habría default y renegociación. Ya estaban preparados para hacer alguna pérdida o al menos sopesado cómo podrían caer parados tras el default. Nadie puede decir que fue tomado por sorpresa con los hechos de los últimos días.

Quizá por eso el drama se ha desarrollado con un aire de obra teatral contenida, de argumento conocido y actores que recitan un guión prefijado.

Pero si la trama era predecible, los detalles estuvieron llenos de sorpresas.

En primer lugar, el orden de los hechos. Lo esperable en estos casos es que si un país no cumple con el pago de una de sus deudas, aquello precipite el default, y después los acreedores y el país inicien un proceso de renegociación y eventual reestructuración de esa deuda. No es eso lo que ha ocurrido en Venezuela. El 2 de noviembre, el presidente Nicolás Maduro dijo algo y después lo contrario al anunciar que iba a “refinanciar y reestructurar” toda la deuda externa de Venezuela y agregó que el país iba a cumplir todos sus compromisos financieros.

Luego citó a sus acreedores a una reunión para el 13 de noviembre en Caracas -él impuso la fecha y el lugar- en la que se darían a conocer detalles del proceso de renegociación. Y puso como jefe del equipo renegociador venezolano a su vicepresidente, Tareck El Aissami, acusado de narcotrafico por el gobierno de Donald Trump. El Aissami seria aprehendido si viaja a Estados Unidos y todos sus supuestos activos en el país del norte -US$3.000 millones- habrían sido confiscados por el Departamento del Tesoro.

Si las palabras de Maduro fueron sorprendentes, más sorprendió la calma y seguridad que mostró el presidente venezolano al decirlas. No estaba pidiendo que le rebajaran la deuda, sino informando a los acreedores que así sería. Le estaba imponiendo a los acreedores dónde y cuándo empezar a conversar de renegociación. Y estaba nombrando negociador en jefe a un hombre que es perseguido por la justicia de Estados Unidos.

Por absurdo que parezca, Maduro parecía estar anunciando una reestructuración de su deuda externa que deja a Estados Unidos fuera de la mesa de negociación. Si eso es lo que estaba haciendo, al menos tenía un motivo práctico para hacerlo. Estados Unidos se autoexcluyó de cualquier reestructuración de la deuda externa de Venezuela en agosto pasado al imponer sanciones contra el país sudamericano. Una de ellas es la prohibición de comprar nueva deuda venezolana y cualquier reestructuración de deuda externa pasa por emitir bonos nuevos que reemplacen, con descuento, a los bonos impagos.

El llamado de Maduro a refinanciar la deuda externa trajo rumores de default, solo que esta vez era verdad. Dos bonos internacionales que vencían el 13 de noviembre por US$ 200 millones no fueron pagados y la clasificadora de riesgo S&P Global declaró a Venezuela oficialmente en default. Pronto le seguirían Fitch y Moody’s.

Ese mismo día, los acreedores habían ido a la reunión convocada por Maduro en Caracas, donde conocieron a Tareck El Aissami, el jefe negociador que nunca ha trabajado con deuda externa, y se quejaron de que en vez de darles información relevante les había ofrecido chocolate.

La información relevante se entregó el día siguiente en Moscú, con la firma de un acuerdo de reestructuración de deuda por US$ 3.150 millones entre Rusia y Venezuela, que le da al  país sudamericano diez años para pagar y le exige pagos mínimos en los primeros seis años. Simultáneamente, el gobierno chino emitía una declaración diciendo que Venezuela es capaz de manejar el tema de su deuda adecuadamente. China no trajo new money a la mesa, pero le ha prestado US$ 50.000 millones a Venezuela en la última década. Y no es primera vez que Rusia viene al rescate de Maduro. En los últimos dos años, el gobierno de Putin le ha hecho varios préstamos de emergencia a Pdvsa, inmediatamente antes de que se vencieran paquetes de bonos soberanos.

Maduro tiene aliados poderosos en Moscú y en Beijing, y su poder ahora se nota más porque su principal enemigo común, Estados Unidos, ha perdido interés en la hegemonía global.

El salvavidas ruso le dio a Venezuela holgura para sortear su primera cesación de pagos, pero a los pocos días la Asociación Internacional de Derivados y Swaps (ISDA), con sede en Nueva York, declaró al país en default. El mercado, sin embargo, no tuvo una reacción significativa frente al nuevo default. Inversionistas y operadores dicen que Venezuela está haciendo esfuerzos por pagar y los propios acreedores, quienes tienen bonos venezolanos, hasta el momento han sido más que tolerantes con los atrasos en los pagos.

Más importante quizá, el caso venezolano ha comenzado a ser visto por algunos analistas como un tubo de ensayo de un nuevo tipo de renegociación de deuda externa, que comienza con acuerdos bilaterales que evitan el default masivo y dan respiro al deudor mientras negocia con otros acreedores, y que no son timoneados -como ha sido hasta ahora- por instituciones del consenso de Washington, como el FMI o el Club de París.

El apoyo de Rusia y China no es desinteresado. Son el segundo y el tercer mayor acreedor soberano de Venezuela respectivamente. China ha sido un inversionista extranjero relevante desde hace 20 años. Ambos países han estado comprando activos venezolanos activamente en los últimos dos años y la gigante petrolera rusa Rosneft tiene un colateral del 49,9% de la refinadora y distribuidora de petróleo Citgo en EEUU, propiedad de Pdvsa, la petrolera estatal venezolana, como garantía de un préstamo a esta última.

La situación cotidiana en Venezuela, entre tanto, se sigue deteriorando. La economía se ha contraído un tercio desde 2013, con lo cual se puede decir con propiedad que es la mayor recesión en la historia de América Latina. La inflación anda en 50% mensual y la escasez de comida y medicamentos se siente en casi todos los hogares. Maduro ha adquirido poderes dictatoriales, la oposición está más desunida que nunca  y no se ven trizaduras en el apoyo militar a Maduro.

Reemplazar un default masivo por una sucesión de pequeños atrasos y una sucesión de reestructuraciones de deuda bilateral, le podría dar a Maduro mucha capacidad de maniobra, al punto de que quizá podría cumplir sus compromisos y destinar algunos fondos a la importación de alimentos y medicinas. Partió con Rusia y probablemente seguirá con China; luego Brasil (otro acreedor importante) y después quizá los bancos multilaterales (BID y Banco Mundial), cuya exposición en Venezuela es de US$ 16.000 millones.

Además, el precio del petróleo ha comenzado a subir tras cuatro años de bajón.

Maduro se las ha jugado por pagar la deuda externa de su país y es por eso que hoy los acreedores no están buscando ahogar a Venezuela y los mercados tampoco quieren que eso suceda. Después del default, la deuda venezolana se ha estado transando entre 10% y 18% de su valor par (antes estaba en 20-30%). No son buenas cifras, pero están lejos de llegar al 2-3 % de valor par a que se han transado los papeles de Argentina y otros países en verdadero default.

Irónicamente, NIcolás Maduro le ha quitado el pan a los venezolanos para dejar contentos a los mercados de capitales. Esa ha sido el mayor logro hasta ahora de la república bolivariana que inventó Chávez.

Fuente: América Economía